La ansiedad depende de las discrepancias entre las demandas del medio externo o interno y la manera en que las personas percibimos que podemos dar respuesta a esas demandas.

Seyle definió el estrés como una respuesta inespecífica a cualquier tipo de demanda. A un evento estresante el organismo debe adaptarse cuando el evento es de dimensión o es interpretado por nosotros como algo de dimensiones importantes.

La ansiedad es una respuesta adaptativa cuando aparece ante un peligro real, nos prepara para huir, luchar y preservar la vida. El problema aparece cuando este mecanismo de ansiedad se desencadena ante un “peligro imaginario” pero que es interpretado por nosotros como amenazante.

Los efectos físicos que provoca el estrés en nosotros son percibidos como peligros añadidos, pero en realidad, nuestro cuerpo intenta adaptarse a la situación reaccionando así, ya que pone en marcha los recursos necesarios para afrontar el “peligro” percibido. Tememos a la situación amenazante y también a los efectos físicos que provoca. Podríamos definirlo como “miedo al miedo”

A menudo una crisis de ansiedad genera en la persona que la sufre un pánico intenso a sufrir un infarto, un ataque cerebral, una parálisis, sensación de ahogo, desmayo, desvanecimiento, enfermedad, a volverse loco/a, incluso miedo a morirse.

¿Cuáles son estos cambios físicos debidos a la ansiedad y su explicación real?

– Taquicardia. Ante una situación estresante, el corazón reacciona bombeando más fuerte y rápido para enviar sangre a las zonas vitales que lo necesitan, y así preservar la vida.
– Pérdida de sensibilidad, palidez, frío. La sangre se concentra en las vísceras, dejando las zonas periféricas con un riego menor.
– Ahogo, falta de aire. Hiperventilación. Aumento del O2 en la sangre -estado contrario al ahogo-
– Bajada de la presión arterial. Producida por la hiperventilación.
– Dolor en pecho y/o brazo, pinchazos. Tensión muscular en la zona, posturas incorrectas prolongadas. Patrón anómalo de respiración -mantener los pulmones demasiado llenos-
– Calor, sudor, sofoco. Aumento de temperatura corporal en las zonas vitales. El organismo pone en funcionamiento el sistema de enfriamiento -glándulas sudoríferas-
– Boca seca, náuseas, sensaciones estómago. Descenso de la activación del sistema digestivo.
– Ver “lucecitas”, sensación molesta de la luz, manchas en la visión. Las pupilas se engrandecen y dilatan para aumentar la visión periférica.
– Temblores, pinchazos y calambres. Tensión muscular excesiva.

El tratamiento para estas crisis comienza con una evaluación exhaustiva de las situaciones estresantes y sus efectos. Para ello se utilizan registros fisiológicos y cuestionarios de evaluación referidos a la ansiedad, que puedan medir el nivel de estrés.

Esto permite tratar de forma personalizada cada caso y diseñar las técnicas más adecuadas para cada persona, en función de su problema específico.

Los temidos “ataques de pánico” tienen un buen pronóstico si se siguen las pautas adecuadas y se combinan técnicas de exposición, reestructuración cognitiva, relajación y entrenamiento en respiración.

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